Pixeles Humanizados

Andrés Sánchez

La ironía del mundo contemporáneo me sorprende, por decirlo menos. Cuando se pensaba que el libro electrónico vencería al libro impreso con iPads y Kindle como arietes, el olor del papel y la tinta prevaleció: las librerías pequeñas sobreviven y se han convertido en espacios de culto y, en un giro del destino que pocos esperarían a principios del milenio y en plena burbuja del punto com, el espacio que la ya liquidada librería Borders tenía en Columbus Circle de Nueva York ha sido ocupado por otra librería cuyo propietario es, ni más ni menos, Amazon. El mismo que durante años fue visto como la bestia negra de la letra impresa vende libros impresos. Muchos creyeron que las plataformas de streaming matarían la televisión como tal, pero en vez de ese futuro apocalíptico se ha creado una competencia entre ellas con series de calidad (es difícil escoger entre Hulu, Netflix o Amazon Prime) y han obligado a los canales tradicionales de cable y televisión abierta a reinventarse. Cuando muchos temían por el dominio de la cámara digital, directores como Christopher Nolan, Wes Anderson y Paul Thomas Anderson siguen usando los rollos de celuloide, los mismos que son usados para filmar las películas de La guerra de las galaxias. Y lo mismo que ocurre con el celuloide sucede con las fotos. En el mundo de las cámaras digitales y de los celulares con lentes fabricados con los mismos estándares de las cámaras de antaño, los píxeles no son suficientes para mantener el recuerdo de los momentos. Una pantalla rota o un celular que cae al mar puede ser suficiente para llevarse todos los recuerdos de viajes, matrimonios o fiestas al olvido. Y en este renovado culto a lo físico, a palpar, a tener el recuerdo más allá de la foto compartida en una red social, quienes se encargan de ello no son necesariamente las empresas grandes que no supieron reinventarse en medio del entorno digital. Esa responsabilidad recae en empresas pequeñas, en casos pequeños que le dan a sus clientes la posibilidad de tener la memoria en la pared o en la mesa. Ese es el caso de Instampa, una joven empresa colombiana fundada por Carolina Jaramillo, administradora de empresas del CESA.

Su hermano Andrés la describe como una mujer obsesionada por los detalles, apasionada por convertir las imágenes que sus clientes le envían desde sus celulares o sus computadores en obras de arte. Una vez ella recibe las imágenes, sus manos se encargan de rediseñarlas de la mejor forma posible, montar las plantillas que luego imprimirá y cortará para que luego estén en marcos coloridos, cajas que inviten a ser vistas y caballetes que hacen a la foto, si se puede, más única e irrepetible. En ese proceso que me describía Carolina, sentía la cercanía de lo que ella hace con uno de esos talleres medievales donde los copistas, con el rigor del monje, copiaban con caligrafía perfecta los textos antes de que Gutenberg inventara la imprenta. O del impresor italiano Alberto Tallone, que conocí leyendo a Neruda en Para nacer he nacido y daba vida a libros clásicos de Shakespeare y Petrarca en una imprenta manual donde los caracteres dejaban la tinta sobre el papel artesanal. Ese rigor de monje medieval se observa en cada acción de Carolina, no sólo en Instampa sino en su trabajo diario en Rappi. Cuando me reuní con ella hace unos días, ella me contaba su obsesión con el orden a la hora de trabajar. Su espacio, dividido entre su computador, cactus y matas, un portalápices amarillo, cientos de post-it de todos los colores, una taza de café, una botella de agua y muchos esferos y marcadores de colores, siempre está listo para crear y llenar la agenda (que ella misma manda a hacer y se encarga de llenar, día a día, con los distintos compromisos del día. Viendo su agenda me sorprendió ver todo lleno, pero ella me explicó su necesidad de tener los días llenos: trabajando (de ahí su combinación, extraña en muchos emprendedores, de la vida laboral con su empresa), estudiando, creando. Ella sabe bien que el único bien que el ser humano no puede recuperar es el tiempo que va como flecha y nos impide volver totalmente a ese momento previo.

Es precisamente ese deseo de volver a la memoria el que impulsó a Carolina a crear Instampa. Al verla se nota su carácter nostálgico y su amor por los recuerdos. Me fijé en sus muñecas, adornadas en cada brazo con un tatuaje. El primero es sencillo: mar. Cuando le pregunté por esa palabra, me describió primero a su familia, a sus raíces y cómo ella, sus padres y su hermano están unidos siempre y son su polo a tierra; luego noté cómo el mar le imprime esa pasión, esa intensidad, esa impotencia que siempre busca tener y sentir. Como el mar, que cuando golpea la playa constantemente se convierte en un ruido de fondo inolvidable, Carolina me describe su forma de ser de una forma sencilla. Quiere ser reconocida por lo que hace, pero no quiere hacerlo de forma escandalosa. “El bajo perfil”, me cuenta mientras toma su agua con gas y zumo de limón, “no implica que no quieras ser vista”. De inmediato pienso en el celuloide que no es nada distinto a cientos, miles de imágenes que fluyen y se convierten en movimiento, pero mi mente, días después, me recordó a Samwise Gamgee en El señor de los anillos. En teoría, él es el jardinero de Frodo y lo acompaña en su tortuoso camino hacia la destrucción del anillo, pero sería imposible pensar en el viaje de Frodo sin Sam, quien en últimas es el escritor de la historia. Y siento ese espíritu en Carolina: no quiere ser la protagonista de la película, pero quiere ser inolvidable. Quiere quedarse en la memoria.

El segundo tatuaje dice “maktub” en árabe. La palabra, que leyó en El alquimista de Paulo Coelho, le recuerda a Carolina a un amigo muy querido que murió y, en medio del duelo y el dolor por haberlo perdido, el libro del escritor brasileño apareció y, como un guiño del destino, le dio un mensaje: “así estaba escrito”, maktub. Es el tiempo, es la memoria, es el seguir adelante. Es, desde la memoria, reconstruir el pasado y dirigir, desde el presente, el camino de la flecha del tiempo. Cuando se apela a la memoria se vence el miedo más grande de Carolina, el olvido. Y son las imágenes para ella “el tiquete de regreso a un momento que jamás viviremos de nuevo”. Al leer eso no pude evitar el recuerdo de ese fragmento de Cien años de soledad donde García Márquez cuenta cómo a Macondo llegó la enfermedad del olvido y obligó a Aureliano Buendía a escribir qué era cada cosa: “esta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche…”. Más recientemente, en La Silla del Águila de Carlos Fuentes, la represalia de un hipotético gobierno norteamericano en 2020 a una decisión del presidente mexicano obliga a los personajes de la novela a comunicarse a través de cartas, al mejor estilo del género epistolar tan popular en el siglo XVIII. Y me acordé de mi propio miedo al olvido que puede convertirse en arma de doble filo. La memoria puede jugar malas pasadas; el recuerdo bonito puede convertirse en la melancólica saudade que tantos poemas y canciones ha inspirado en la lengua portuguesa, o una enfermedad puede convertir al mismo Funes de Borges en una persona que no recuerde su propio nombre. Contra ese olvido combate Carolina cada vez que recibe las imágenes de sus clientes, contra ese olvido combate cada día. Los recuerdos hacen parte de sus sentidos, de sus placeres, de sus caminos, de su misma piel. Son los recuerdos los que le permiten decir “la vida es sabia” y ensamblar, para ella y sus clientes, momentos que reafirmen a cada uno de ellos esa sabiduría que adquirimos mientras la flecha fluye. De ahí que ella sueñe, en algunos años, que Instampa sea el espacio que guarde memoria, que sea la palabra que asociamos al hablar de recuerdos. En su lecho de muerte, el talentoso y polémico ajedrecista Bobby Fischer dijo que “no había algo más senador que el toque humano”. Y Carolina, al convertir esos cientos de pixeles que sus clientes le envían, hace precisamente eso con Instampa: darle vida nueva a los momentos, palparlos, sentirlos. Soplar de nuevo el pasado de la imagen para convertirla en una de las tantas piezas de la vida.